Las fábulas son cuentos breves, generalmente sobre animales o cosas inanimadas a las que se les confieren características humanas. Se utilizan para hacer una crítica a los comportamientos y, a la misma vez, para transmitir determinadas enseñanzas y valores. Sus características principales son las que las convierten en una poderosa herramienta educativa:
Contenido sintético. El hecho de que se trate de un cuento corto en el que participan pocos personajes, hace que el niño pequeño, que normalmente no ha desarrollado mucho su capacidad atencional, preste atención a la historia y pueda recordarla.
Toda fábula contiene una moraleja, a veces implícita y otras veces explícita. Esa enseñanza es su principal valor, el mensaje que se le desea transmitir al niño y que le enseña una norma de conducta que es aceptada por la sociedad.
La mayoría de las fábulas sobresalen por su contenido imaginativo y por su riqueza narrativa, lo cual hace soñar al pequeño pero, a la misma vez, logra que sea memorable y captura su atención.
EL CONGRESO DE LOS RATONES
Había una vez una
familia de ratones que vivía en la despensa de una casa. Eran felices,
pero vivían con miedo de ser atacados por un enorme gato, de manera que nunca
se atrevían a salir ya que sin importar que fuera de día o de noche ese
terrible enemigo siempre les vigilaba. Un buen día decidieron poner fin al
problema, por lo que celebraron una asamblea a petición del jefe de los
ratones, que era el más viejo de todos. El jefe de los ratones dijo a los
presentes: – “Los he reunido para que entre todos encontremos una solución. ¡No
podemos vivir así!” – “¡Pido la palabra!”, dijo un ratoncillo muy atento. –
“Atemos un cascabel al gato, y así sabremos en todo momento por dónde
anda”.
Tan interesante propuesta fue aceptada por todos los roedores
entre grandes aplausos y felicidad. Con el cascabel estarían salvados, porque
su campanilleo avisaría de la llegada del enemigo con el tiempo para ponerse a
salvo. – “¡Silencio!”, gritó el ratón jefe, para luego decir: – “Queda pendiente
una cuestión importante: ¿Quién de todos le pone el cascabel al gato?” Al
oír esto, los ratoncitos se quedaron repentinamente callados, porque no podían
contestar a aquella pregunta. Y corrieron de nuevo a sus cuevas, hambrientos
y tristes. Moraleja: Es más fácil proponer ideas que llevarlas a cabo.
LA LIEBRE Y EL VIOLÍN
Hubo una vez
una liebre que vivía en un bosque y que disfrutaba enormemente con todo aquello
que la rodeaba. Aquella liebre sabía disfrutar de la vida, y cosas tan
sencillas como mirar los elementos de la naturaleza o al resto de animales del
bosque, la colmaba de felicidad.
Aquella liebre encontró, en una
ocasión, un viejo violín abandonado en una de tantas excursiones que realizaba
para explorar cada uno de los rincones del bosque. No dudó en toquetear sus
cuerdas como podía, en busca del atractivo de aquel instrumento, y en busca
también de pasar un rato divertido más.
La liebre aprendía muy rápido, y tanto
gusto tomó al tocar el violín, que día y
noche procuraba distraerse con su música. Pero aquella música no era miel para
todos los habitantes del bosque que, cansados de escuchar sus recitales a todas
horas, comenzaban a sentirse incómodos con la actitud de su amiga la liebre.
·
¡Vamos
liebre! Deja de tocar ya un poco ese violín, y acompáñanos a buscar provisiones
para el invierno, que ya está cerca. – Dijo una vecina.
Pero la liebre no hacía caso a nadie,
tan entusiasmada como estaba con su violín, y continuó tocando aquellas viejas
cuerdas sin parar. La liebre buscaba aprender a tocar bien el instrumento,
porque le encantaba superarse a sí misma y aprender cosas nuevas, pero tanto se
cegó con aquel violín que no supo darse cuenta de que el invierno ya estaba
llegando.
Cuando por fin llegó, la liebre se dio
cuenta de que no iba a tener nada que comer porque no había recolectado nada
para hacerlo, y tuvo que ir a casa de sus vecinas a pedir alimentos.
Afortunadamente, la liebre seguía siendo querida por todos sus vecinos del
bosque y no dudaron en darle cuanto necesitaba, pero ella comprendió con
aquello que no había obrado con responsabilidad y que había sido muy egoísta.
Entonces, para corresponder a todas aquellas buenas amistades, la liebre (que
ya dominaba el violín como el mejor de los músicos de tanto que había
practicado) no dudó en dedicarles preciosas canciones a todos en señal de
gratitud.
¡Qué rápido pasó aquel invierno y qué
bien lo pasaron todos!
LAS DOS CARAS
Érase una vez
un oso que vivía entre la espesura del bosque. Habitualmente, este oso
demostraba una gran valentía en cada uno de sus actos, y dicha valentía sumada
a su fuerte y gigantesco cuerpo, hacía que ningún otro animal se atreviera a
enfrentarle. Se dice que medía de pie casi tres metros de largo y que su fuerza
podía aplastar incluso a los hombres.
Soy el oso más
valiente y fuerte del mundo. ¿Acaso existirá alguien capaz de hacerme frente en
algún lugar? – Vacilaba frecuentemente el oso, aplaudido por todos los animales
del bosque que tendían a acobardarse con su mera presencia.
Sin embargo, a la espalda del oso
valiente todos discutían en la búsqueda de un remedio que atemorizara al
animal, por raro que fuese, convencido de que algo tenía que ser capaz de
acobardarlo.
¡Pero si es el
más valiente del mundo! ¿Qué podría asustarle? – Se planteaba angustiado un oso
de su misma especie.
Entre todos eran incapaces de dar con
una solución, hasta que un día estalló una gran tormenta. Los relámpagos eran
inmensos y venían acompañados de truenos que hacían temblar la superficie de la
tierra. Y cuál fue la sorpresa de los animalillos del bosque al observar que el
oso temido y valiente salía despavorido de su cueva, aterrorizado con el
estruendo de aquella tormenta, pidiendo auxilio con fuertes y lastimosos
rugidos.
Aquel día todos los animales del
bosque, menos el oso, fueron felices. Nunca jamás habían disfrutado tanto de
una tormenta, y es que habían dado con aquello capaz de atemorizar al oso
vacilante y burlón que se creía el más fuerte del mundo.
LA CIGARRA Y LA HORMIGA
Érase una vez una descuidada cigarra, que vivía siempre al día y despreocupada,
riendo y cantando, ajena por completo a los problemas del día a día.
Disfrutaba de lo lindo la cigarra del verano, y riéndose de su vecina la hormiga, que durante el
período estival, en lugar de relajarse, trabajaba duro a cada rato, almacenando
comida y yendo de un lado a otro.
Poco a poco fue desapareciendo el
calor, según se avecinaba el otoño y sus días frescos, y con él fueron
desapareciendo también todos los bichitos que la primavera había traído
al campo, y de los cuales se había alimentado la cigarra entre juego y juego.
De pronto, la desdichada cigarra se encontró sin nada que comer, y cansada y
desganada, comprendió su falta de previsión:
¿Podrías darme
cobijo y algo de comer? – Dijo la cigarra dirigiéndose a la hormiga, recordando
los enseres que esta última había recolectado durante el verano en su
hormiguero.
¿Acaso no viste
lo duro que trabajé mientras tú jugabas y cantabas? – Exclamó la hormiga
ofendida, mientras señalaba a la cigarra que no había sitio para ella en su
hormiguero.
Y así, emprendió de nuevo el camino la
cigarra en busca de un refugio donde pasar el invierno, lamentándose
terriblemente por la actitud perezosa e infantil que había llevado en la vida.
EL CABALLO Y LA CABRA
Vivieron en
una ocasión y en un mismo establo un caballo y una cabra. Al caballo siempre le
sacaban a pastar y a pasear muy temprano por un camino precioso y lleno de
hierba tan fresca y rica como jamás se había visto por la zona.
Al contrario que al caballo, a la
cabra la sacaban a pastar por un prado situado en un camino muy lejano y
conformado por hierbas tristes y secas.
El caballo, presuntuoso y altivo, en
lugar de sentir lástima por su compañera la cabra, tendía a burlarse de ella y
de su situación:
Es increíble
cómo eres capaz de pastar por esos caminos aislados y tan poco agradecidos. Yo
no podría pastar donde tú lo haces. ¡Se atragantaría mi brillante y suave
cuello! La buena noticia es que yo no tendré que hacerlo, porque no soy una
insignificante cabra.
La cabra, por su parte, dejaba que el
caballo se desahogara con sus maleducadas palabras con un sabio silencio por
respuesta. Pero un día todo cambió para ambos. En el establo metieron de buena
mañana a un caballo tan fuerte, que casi parecía un roble, y desde entonces,
las mejores hierbas fueron para él. El caballo viejo y arrogante tuvo que
acompañar en lo sucesivo a su compañera la cabra a la hora de comer, a la que tanto
había humillado.
Así
que tú no podías comer ni comerías por nada del mundo la hierba de estos
caminos, ¿no? Pues no sé qué haces aquí entonces comiéndote mi preciado
sustento…- Dijo la cabra irónicamente mientras contemplaba al desdichado
caballo.
El caballo compendió poco a poco,
junto a su compañera la cabra, que en la vida es muy importante no decir nunca
el de este agua no beberé.
Porque…,¡Nunca se sabe lo que puede pasar!
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