sábado, 27 de octubre de 2018

FÁBULAS

Las fábulas son cuentos breves, generalmente sobre animales o cosas inanimadas a las que se les confieren características humanas. Se utilizan para hacer una crítica a los comportamientos y, a la misma vez, para transmitir determinadas enseñanzas y valores. Sus características principales son las que las convierten en una poderosa herramienta educativa:
Contenido sintético. El hecho de que se trate de un cuento corto en el que participan pocos personajes, hace que el niño pequeño, que normalmente no ha desarrollado mucho su capacidad atencional, preste atención a la historia y pueda recordarla.
Toda fábula contiene una moraleja, a veces implícita y otras veces explícita. Esa enseñanza es su principal valor, el mensaje que se le desea transmitir al niño y que le enseña una norma de conducta que es aceptada por la sociedad.
La mayoría de las fábulas sobresalen por su contenido imaginativo y por su riqueza narrativa, lo cual hace soñar al pequeño pero, a la misma vez, logra que sea memorable y captura su atención.


EL CONGRESO DE LOS RATONES

Había una vez una familia de ratones que vivía en la despensa de una casa. Eran felices, pero vivían con miedo de ser atacados por un enorme gato, de manera que nunca se atrevían a salir ya que sin importar que fuera de día o de noche ese terrible enemigo siempre les vigilaba. Un buen día decidieron poner fin al problema, por lo que celebraron una asamblea a petición del jefe de los ratones, que era el más viejo de todos. El jefe de los ratones dijo a los presentes: – “Los he reunido para que entre todos encontremos una solución. ¡No podemos vivir así!” – “¡Pido la palabra!”, dijo un ratoncillo muy atento. – “Atemos un cascabel al gato, y así sabremos en todo momento por dónde anda”.
Tan interesante propuesta fue aceptada por todos los roedores entre grandes aplausos y felicidad. Con el cascabel estarían salvados, porque su campanilleo avisaría de la llegada del enemigo con el tiempo para ponerse a salvo. – “¡Silencio!”, gritó el ratón jefe, para luego decir: – “Queda pendiente una cuestión importante: ¿Quién de todos le pone el cascabel al gato?” Al oír esto, los ratoncitos se quedaron repentinamente callados, porque no podían contestar a aquella pregunta. Y corrieron de nuevo a sus cuevas, hambrientos y tristes. Moraleja: Es más fácil proponer ideas que llevarlas a cabo.




LA LIEBRE Y EL VIOLÍN

Hubo una vez una liebre que vivía en un bosque y que disfrutaba enormemente con todo aquello que la rodeaba. Aquella liebre sabía disfrutar de la vida, y cosas tan sencillas como mirar los elementos de la naturaleza o al resto de animales del bosque, la colmaba de felicidad.
Aquella liebre encontró, en una ocasión, un viejo violín abandonado en una de tantas excursiones que realizaba para explorar cada uno de los rincones del bosque. No dudó en toquetear sus cuerdas como podía, en busca del atractivo de aquel instrumento, y en busca también de pasar un rato divertido más.
La liebre aprendía muy rápido, y tanto gusto  tomó al tocar el violín, que día y noche procuraba distraerse con su música. Pero aquella música no era miel para todos los habitantes del bosque que, cansados de escuchar sus recitales a todas horas, comenzaban a sentirse incómodos con la actitud de su amiga la liebre.
·         ¡Vamos liebre! Deja de tocar ya un poco ese violín, y acompáñanos a buscar provisiones para el invierno, que ya está cerca. – Dijo una vecina.
Pero la liebre no hacía caso a nadie, tan entusiasmada como estaba con su violín, y continuó tocando aquellas viejas cuerdas sin parar. La liebre buscaba aprender a tocar bien el instrumento, porque le encantaba superarse a sí misma y aprender cosas nuevas, pero tanto se cegó con aquel violín que no supo darse cuenta de que el invierno ya estaba llegando.
Cuando por fin llegó, la liebre se dio cuenta de que no iba a tener nada que comer porque no había recolectado nada para hacerlo, y tuvo que ir a casa de sus vecinas a pedir alimentos. Afortunadamente, la liebre seguía siendo querida por todos sus vecinos del bosque y no dudaron en darle cuanto necesitaba, pero ella comprendió con aquello que no había obrado con responsabilidad y que había sido muy egoísta. Entonces, para corresponder a todas aquellas buenas amistades, la liebre (que ya dominaba el violín como el mejor de los músicos de tanto que había practicado) no dudó en dedicarles preciosas canciones a todos en señal de gratitud.
¡Qué rápido pasó aquel invierno y qué bien lo pasaron todos!




LAS DOS CARAS

Érase una vez un oso que vivía entre la espesura del bosque. Habitualmente, este oso demostraba una gran valentía en cada uno de sus actos, y dicha valentía sumada a su fuerte y gigantesco cuerpo, hacía que ningún otro animal se atreviera a enfrentarle. Se dice que medía de pie casi tres metros de largo y que su fuerza podía aplastar incluso a los hombres.
Soy el oso más valiente y fuerte del mundo. ¿Acaso existirá alguien capaz de hacerme frente en algún lugar? – Vacilaba frecuentemente el oso, aplaudido por todos los animales del bosque que tendían a acobardarse con su mera presencia.
Sin embargo, a la espalda del oso valiente todos discutían en la búsqueda de un remedio que atemorizara al animal, por raro que fuese, convencido de que algo tenía que ser capaz de acobardarlo.
¡Pero si es el más valiente del mundo! ¿Qué podría asustarle? – Se planteaba angustiado un oso de su misma especie.
Entre todos eran incapaces de dar con una solución, hasta que un día estalló una gran tormenta. Los relámpagos eran inmensos y venían acompañados de truenos que hacían temblar la superficie de la tierra. Y cuál fue la sorpresa de los animalillos del bosque al observar que el oso temido y valiente salía despavorido de su cueva, aterrorizado con el estruendo de aquella tormenta, pidiendo auxilio con fuertes y lastimosos rugidos.
Aquel día todos los animales del bosque, menos el oso, fueron felices. Nunca jamás habían disfrutado tanto de una tormenta, y es que habían dado con aquello capaz de atemorizar al oso vacilante y burlón que se creía el más fuerte del mundo.




LA CIGARRA Y LA HORMIGA

Érase una vez una descuidada cigarra, que vivía siempre al día y despreocupada, riendo y cantando,  ajena por completo a los problemas del día a día. Disfrutaba de lo lindo la cigarra del verano, y riéndose  de su vecina la hormiga, que durante el período estival, en lugar de relajarse, trabajaba duro a cada rato, almacenando comida y yendo de un lado a otro.
Poco a poco fue desapareciendo el calor, según se avecinaba el otoño y sus días frescos, y con él fueron desapareciendo también  todos los bichitos que la primavera había traído al campo, y de los cuales se había alimentado la cigarra entre juego y juego. De pronto, la desdichada cigarra se encontró sin nada que comer, y cansada y desganada, comprendió su falta de previsión:
¿Podrías darme cobijo y algo de comer? – Dijo la cigarra dirigiéndose a la hormiga, recordando los enseres que esta última había recolectado durante el verano en su hormiguero.
¿Acaso no viste lo duro que trabajé mientras tú jugabas y cantabas? – Exclamó la hormiga ofendida, mientras señalaba a la cigarra que no había sitio para ella en su hormiguero.
Y así, emprendió de nuevo el camino la cigarra en busca de un refugio donde pasar el invierno, lamentándose terriblemente por la actitud perezosa e infantil que había llevado en la vida.



EL CABALLO Y LA CABRA

Vivieron en una ocasión y en un mismo establo un caballo y una cabra. Al caballo siempre le sacaban a pastar y a pasear muy temprano por un camino precioso y lleno de hierba tan fresca y rica como jamás se había visto por la zona.
Al contrario que al caballo, a la cabra la sacaban a pastar por un prado situado en un camino muy lejano y conformado por hierbas tristes y secas.
El caballo, presuntuoso y altivo, en lugar de sentir lástima por su compañera la cabra, tendía a burlarse de ella y de su situación:
Es increíble cómo eres capaz de pastar por esos caminos aislados y tan poco agradecidos. Yo no podría pastar donde tú lo haces. ¡Se atragantaría mi brillante y suave cuello! La buena noticia es que yo no tendré que hacerlo, porque no soy una insignificante cabra.
La cabra, por su parte, dejaba que el caballo se desahogara con sus maleducadas palabras con un sabio silencio por respuesta. Pero un día todo cambió para ambos. En el establo metieron de buena mañana a un caballo tan fuerte, que casi parecía un roble, y desde entonces, las mejores hierbas fueron para él. El caballo viejo y arrogante tuvo que acompañar en lo sucesivo a su compañera la cabra a la hora de comer, a la que tanto había humillado.
Así que tú no podías comer ni comerías por nada del mundo la hierba de estos caminos, ¿no? Pues no sé qué haces aquí entonces comiéndote mi preciado sustento…- Dijo la cabra irónicamente mientras contemplaba al desdichado caballo.
El caballo compendió poco a poco, junto a su compañera la cabra, que en la vida es muy importante no decir nunca el de este agua no beberé. Porque…,¡Nunca se sabe lo que puede pasar!

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