Las leyendas tienen características que las
vuelven un texto narrativo posible para niños de edades entre los cuatro
y ocho años. Portan los modos de sentir y pensar de los pueblos y son
transmitidas de generación en generación.
Muestran además una particular relación con los
animales, las plantas y otros elementos de la naturaleza. Esta particular
relación con lo natural se da a través de componentes fantásticos muy ligados a
los intereses de los niños.
Las leyendas son una herramienta interesante
para el trabajar con ellos en la medida que les permite involucrarse dentro de
los valores y costumbres de una comunidad: Invitan a conocer, a reflexionar y a opinar. Interviene positivamente en el desarrollo intelectual y emocional de los niños. Aunque a simple vista el lenguaje no sea tan
cercano, su ritmo y
musicalidad la hacen muy atractiva para los niños.
La leyenda del colibrí
Desde hace tiempo, los más viejos de la tribu cuentan la trágica
historia del amor de dos jóvenes.
La bella Flor, morena, esbelta y de grandes ojos negros, estaba
enamorada de Ágil, un joven inquieto, apasionado; juntos solían pasear al
atardecer por un bosquecillo cercano, a la orilla de un arroyo impetuoso y
juguetón. Pero como los
enamorados pertenecían a dos tribus enemigas, se veían poco,
pues debían
mantener su amor en secreto. Un día, sucedió lo que tanto
temían: unos familiares de la joven descubrieron el romance y lo comentaron al
jefe de la tribu. Desde esa tarde, Flor tuvo prohibido volver al lugar de los
encuentros.
Pasaron los días. Una y otra vez, Ágil la buscó sin hallarla en
la penumbra suave y tibia del bosque hasta que la Luna, apenada por su dolor,
le contó lo que había sucedido y agregó:
–Ayer he visto otra vez a Flor, muy angustiada; lloraba
amargamente pues está desesperada. Quieren que se case con un hombre de su
tribu y ella se ha negado. El dios Tupá escuchó su lamento y se apiadó de su
dolor; mi amigo el Viento me contó que Tupá la transformó en una flor.
–¿En una flor? Dime, ¿en qué clase de flor? ¿Cómo puedo
encontrarla?
–¡Ay, amigo! No puedo decírtelo porque no lo sé… –respondió la Luna.
El muchacho palideció y solicitó la ayuda de su dios:
–¡Tupá, tengo que encontrarla! Sé que en los pétalos de Flor reconoceré el sabor de sus besos. ¡Ayúdame a dar con ella!
–¡Ay, amigo! No puedo decírtelo porque no lo sé… –respondió la Luna.
El muchacho palideció y solicitó la ayuda de su dios:
–¡Tupá, tengo que encontrarla! Sé que en los pétalos de Flor reconoceré el sabor de sus besos. ¡Ayúdame a dar con ella!
Ante el asombro de la Luna, el cuerpo de Ágil fue disminuyendo
cada vez más. Se hizo pequeño, pequeño, hasta quedar convertido en un pájaro
delicado y frágil de muchos colores, que salió volando rápidamente. Era un
colibrí.
Desde entonces, el novio triste pasa sus días recorriendo las ramas floridas y besa apresuradamente los labios de las flores, buscando una, sólo una.
Desde hace tiempo, los más viejos de la tribu cuentan también que todavía no la ha encontrado…
Desde entonces, el novio triste pasa sus días recorriendo las ramas floridas y besa apresuradamente los labios de las flores, buscando una, sólo una.
Desde hace tiempo, los más viejos de la tribu cuentan también que todavía no la ha encontrado…
"La Niña que hacía Llover..."
Dicen que en un lugar, de la
que es hoy provincia de Santiago del Estero, vivía una tribu de indios cuyo
cacique tenía una hija tan, pero tan preciosa que causaba la admiración de las otras
tribus. Se llamaba Huiñaj, y la hermosa jovencita, según los indios, hacía
venir la lluvia.
La niña pasaba horas y horas, días y días, encerrada en su casa, hilando y tejiendo sin parar; muy de tarde en tarde salía a pasear, sola por los campos. Entonces se ponía su mejor túnica amarilla, se adornaba con collares y flores también amarillos, y salía...
Cuando regresaba, el cielo se cubría de nubarrones oscuros y al día siguiente, o acaso esa misma noche, seguro, seguro, llovía.
Por eso las tribus de los alrededores la miraban con tanto respeto y esperaban ansiosos su aparición.
- Si la hermosa Hiñaj sale, lloverá – decían.
- Nuestras tierras están secas... ¡Si Huiñaj saliera a pasear por los montes! ...
Un día la niña enfermó de un mal desconocido. Ya no hilaba, ni tejía, ni salía a pasear. Apenas si podía sonreír.
Fueron consultados todos los hechiceros de la tribu pero ninguno podía encontrar un remedio que le hiciera recuperar la salud a la indiecita.
Todos estaban desolados.
- Sólo los dioses pueden realizar el milagro –decían.
- ¡Sólo los dioses!
Y rezaron e invocaron a los dioses. Pero nada. Todo seguía igual.
La sequía azotaba los campos; el viento ardiente secaba las plantas; los animales estaban sedientos.
- ¡Lluvia! ¡Lluvia! –pedían desesperados.
-¡Que nuestra Huiñaj se salve!
- ¡Ella es la bendición de esta tierra!
- ¡Ella traerá la lluvia!
Los dioses, entonces, se apiadaron y oyeron sus ruegos; la indiecita habría de quedar siempre con ellos. Fue así que los indios vieron aparecer un árbol, un árbol jamás visto antes, aparecía ante sus ojos. Hermoso y erguido. Todo cubierto de flores amarillas.
Y danzaron y cantaron alrededor del árbol que parecía sonreír.
De pronto el cielo empezó a cubrirse de negros nubarrones. Las mujeres, los hombres y los niños se pusieron de rodillas, con los brazos en alto, las caras al cielo.
Las gotas empezaron a caer, gruesas y pesadas. Más y más, hasta convertirse en una lluvia densa que les empapaba los cuerpos.
- ¡Lluvia! ¡Lluvia! – gritaban felices.
Y la lluvia calmaba la sed de la tierra reseca y devolvía la esperanza.
Y desde entonces, el Huiñaj, el árbol, anuncia la lluvia cubriéndose de vistosas flores amarillas.
La niña pasaba horas y horas, días y días, encerrada en su casa, hilando y tejiendo sin parar; muy de tarde en tarde salía a pasear, sola por los campos. Entonces se ponía su mejor túnica amarilla, se adornaba con collares y flores también amarillos, y salía...
Cuando regresaba, el cielo se cubría de nubarrones oscuros y al día siguiente, o acaso esa misma noche, seguro, seguro, llovía.
Por eso las tribus de los alrededores la miraban con tanto respeto y esperaban ansiosos su aparición.
- Si la hermosa Hiñaj sale, lloverá – decían.
- Nuestras tierras están secas... ¡Si Huiñaj saliera a pasear por los montes! ...
Un día la niña enfermó de un mal desconocido. Ya no hilaba, ni tejía, ni salía a pasear. Apenas si podía sonreír.
Fueron consultados todos los hechiceros de la tribu pero ninguno podía encontrar un remedio que le hiciera recuperar la salud a la indiecita.
Todos estaban desolados.
- Sólo los dioses pueden realizar el milagro –decían.
- ¡Sólo los dioses!
Y rezaron e invocaron a los dioses. Pero nada. Todo seguía igual.
La sequía azotaba los campos; el viento ardiente secaba las plantas; los animales estaban sedientos.
- ¡Lluvia! ¡Lluvia! –pedían desesperados.
-¡Que nuestra Huiñaj se salve!
- ¡Ella es la bendición de esta tierra!
- ¡Ella traerá la lluvia!
Los dioses, entonces, se apiadaron y oyeron sus ruegos; la indiecita habría de quedar siempre con ellos. Fue así que los indios vieron aparecer un árbol, un árbol jamás visto antes, aparecía ante sus ojos. Hermoso y erguido. Todo cubierto de flores amarillas.
Y danzaron y cantaron alrededor del árbol que parecía sonreír.
De pronto el cielo empezó a cubrirse de negros nubarrones. Las mujeres, los hombres y los niños se pusieron de rodillas, con los brazos en alto, las caras al cielo.
Las gotas empezaron a caer, gruesas y pesadas. Más y más, hasta convertirse en una lluvia densa que les empapaba los cuerpos.
- ¡Lluvia! ¡Lluvia! – gritaban felices.
Y la lluvia calmaba la sed de la tierra reseca y devolvía la esperanza.
Y desde entonces, el Huiñaj, el árbol, anuncia la lluvia cubriéndose de vistosas flores amarillas.
El baile del oso hormiguero:
Qué calor hacía aquella tarde... El sol parecía
puro fuego brillando implacable sobre la selva misionera. Ni un ruido se
escuchaba porque todos, bichos grandes y bichos chicos, se acurrucaban a esa
hora en un rinconcito fresco a la sombra o dormían la siesta a pata suelta.
Bueno, todos todos, no. Aunque no era buena hora para andar caminando, un
muchacho guaraní se había alejado de la tribu y buscaba frutos silvestres.
Llevaba un bastón de caña con el que apartaba las lianas y las malezas, con el
que golpeaba los troncos caídos y las ramas gruesas para espantar a los
animales salvajes.
Nunca pensó que al cruzar un claro, al ladito
nomás del río, se iba a encontrar frente a frente con un tamanduá, el oso
comedor de hormigas. Grandote era el tamanduá. Venía con la cabeza gacha
olisqueando y rascando el suelo con su hocico alargado y sus garras largas y
afiladas.
Cuando lo vio aparecer ¡ay, qué susto! el chico
gritó. El tamanduá también se asustó, claro. Y no gritó, pero se paró sobre sus
patas traseras y gruñó un poquito. Más miedo daba así. Por eso el chico levantó
su bastón de caña y lo revoleó para acá. Seguramente el tamanduá pensó que iba
a darle un golpe.
Para esquivarlo, se movió para allá.
Enseguidita el chico volvió a revolear su bastón de caña, esta vez para el otro
lado hacia la derecha. Y el tamanduá ya convencido de que quería golpearlo, lo
esquivó moviéndose hacia la izquierda. El muchacho entonces dio un paso al
frente. Y el tamanduá retrocedió. Pero después avanzó y fue el muchacho el que
se fue para atrás. Y para acá, para allá, a un lado y al otro, a la izquierda,
a la derecha, adelante y hacia atrás, uno golpeaba con el bastón y el otro
esquivaba los golpes. Estuvieron así un rato largo hasta que el tamanduá se
cansó y después de gruñir dos veces, se perdió en la espesura.
El muchacho tuvo que esperar hasta que el corazón dejara de latirle fuerte en el pecho. Y después corrió hacia la tribu.
El muchacho tuvo que esperar hasta que el corazón dejara de latirle fuerte en el pecho. Y después corrió hacia la tribu.
¡Al verlo llegar agitado y tembloroso, los
demás quisieron saber qué le había pasado. Y el muchacho les contó:
—Yo daba un golpe hacia acá ¡patapum! y el
tamanduá saltaba hacía, allá ¡patapam!... —y mientras contaba el muchacho
trataba de imitar los movimientos del oso hormiguero y los suyos desplazándose
hacia la derecha y hacia la izquierda, adelante y atrás, a un lado y a otro..
Los que escuchaban querían parecer serios. Pero
era tan gracioso ver al chico salta que te salta que no podían aguantar la
risa.
— ¿Cómo hacía el tamanduá? —le preguntó uno.
— ¿Cómo hacía el tamanduá? —le preguntó uno.
—Así —le explicó el muchacho.
Y el otro trató de repetir los pasos moviéndose
¡patapum! Hacia la derecha y ¡patapam!... hacia la izquierda, ¡patapum!
adelante y ¡patapam!... atrás, ¡patapum! A un lado y ¡patapam!... a otro.
Al principio se oyeron carcajadas, sin embargo,
al rato, toda la tribu ensayaba esa loca coreografía al ritmo del ¡patapum!
¡patapam! Tanto se divirtieron ese día que volvieron a hacerla al anochecer y
en cada fiesta de casamiento y los días que celebraban algo y de a poco le
fueron agregando más pasos: un giro, una media vuelta, un balanceo... Y a
alguno se le ocurrió acompañar la danza con una calabaza llena de semillas o
golpeando un tronco hueco o soplando en una caña...
Así dicen los guaraníes que nació el baile y la música, gracias al tamanduá, que quiso esquivar los golpes moviéndose ¡patapum!... para acá y ¡patapam!... para allá.
Así dicen los guaraníes que nació el baile y la música, gracias al tamanduá, que quiso esquivar los golpes moviéndose ¡patapum!... para acá y ¡patapam!... para allá.
El hilo rojo, leyenda oriental sobre el destino
Hace
mucho, pero mucho tiempo,un emperador se enteró de que
en una de las provincias de su reino vivía una
bruja muy poderosa, quien tenía la capacidad de poder ver el hilo rojo del destino y la mandó traer ante su
presencia.
Cuando
la bruja llegó, el emperador le ordenó que buscara el otro extremo del hilo que
llevaba atado al meñique y lo llevara ante la que sería su esposa. La bruja
accedió a esta petición y comenzó a seguir y seguir el hilo.
La
búsqueda los llevó hasta un mercado, en donde una pobre campesina con un bebé
en los brazos ofrecía sus productos. Al llegar hasta donde estaba esta
campesina, se detuvo frente a ella y la invitó a ponerse de pie.
Hizo
que el joven emperador se acercara y le dijo: 'Aquí termina tu hilo', pero al
escuchar esto el emperador enfureció,
creyendo que era una burla de la bruja, empujó a la campesina que aún llevaba a
su pequeña bebé en brazos y la hizo caer, haciendo que la bebé se hiciera una gran
herida en la frente, ordenó a sus guardias que detuvieran a la bruja y la
encerraran.
Muchos
años después, llegó el momento en que este emperador debía casarse y
su corte le recomendó que lo mejor era que desposara a la hija de un general
muy poderoso. Aceptó y llegó el día de la boda.
Y en
el momento de ver por primera vez la cara de su esposa, la cual entró al templo
con un hermoso vestido y un velo que la cubría totalmente… Al levantárselo, vio
que ese hermoso rostro tenía una cicatriz muy
peculiar en la frente.
La mujer con la que iba a casarse... era el
bebé que sujetaba la campesina. La bruja no le engañó. El destino les unió
definitivamente.
La mariposa azul, leyenda japonesa sobre el destino
Cuenta una leyenda japonesa, que hace muchos años, un hombre
enviudó y quedó a cargo de sus dos hijas. Las dos niñas eran muy curiosas, inteligentes y
siempre tenían ansias de aprender. Por eso preguntaban mucho a su padre. A
veces, su padre podía responderles sabiamente, pero otras veces no sabía qué
contestar.
Viendo
la inquietud de las dos niñas, decidió enviarlas de vacaciones a
convivir y aprender con un sabio, el cual vivía en lo alto de una colina. El
sabio era capaz de responder a todas las preguntas que las pequeñas le
planteaban, sin ni siquiera dudar.
Sin
embargo, las dos hermanas decidieron hacerle una pregunta trampa al sabio, para medir su sabiduría. Buscaron una pregunta que éste no fuera capaz de responder.
-
¿Cómo podremos engañar al sabio?
¿Qué pregunta podríamos hacerle que no sea capaz de responder?- preguntó la
hermana pequeña a la más mayor.
-
Espera aquí, enseguida te lo mostraré- indicó la mayor.
La
hermana mayor salió al monte y regresó al cabo de una hora. Tenía su delantal
cerrado a modo de saco, escondiendo algo.
-
¿Qué tienes ahí?- preguntó la hermana pequeña.
La
hermana mayor metió su mano en el delantal y le mostró a la niña una hermosa
mariposa azul.
- ¡Qué
bonita! ¿Qué vas a hacer con ella?
- Ya
sé qué preguntaremos. Iremos en su busca y esconderé esta mariposa en mi mano. Entonces le preguntaré al sabio
si la mariposa que está en mi mano está viva o muerta. Si él responde que está
viva, apretaré mi mano y la mataré. Si responde que está muerta, la dejaré
libre. Por lo tanto, conteste lo que conteste, su respuesta será siempre
errónea.
Aceptando
la propuesta de la hermana mayor, amabas niñas fueron a buscar al sabio.
-
Sabio- dijo la mayor- ¿Podría indicarnos si la mariposa que llevo en mi mano
está viva o está muerta?
A lo que el sabio, con una sonrisa pícara, le
contestó: 'Depende de ti, ella está en tus manos'.
El color de los pájaros, leyenda para niños sobre el
plumaje de las aves
Al
principio de los tiempos todos los pájaros eran de
color marrón, sólo se diferenciaban en el nombre y la forma.
Pero sintieron envidia de
los colores de las flores y decidieron que llamarían a la Madre Naturaleza para
que les cambiara de color. Ella estuvo de acuerdo, pero les puso una condición:
tendrían que pensar muy bien el color que cada uno quería porque solamente
podrían cambiar una vez.
La
encargada de comunicar la noticia por todo el planeta fue el Águila:
-
Aviso a todos los pájaros: reunión con la Madre Naturaleza para cambiar de
color la próxima semana en el claro del bosque.
Los pájaros pasaron una semana muy nerviosos,
pensando cuál sería el color que iban a elegir. Llegado el gran día, todos se
reunieron muy alborotados alrededor de la Madre Naturaleza.
La
primera que se decidió fue la Urraca:
- Quiero ser negra con algunas plumas de tono azul
cuando las dé el sol, blanco el pecho y blanca la punta de las alas.
La
Madre tomó su paleta y la coloreó, mientras el resto de los pájaros comentaban lo
elegantes que eran los colores elegidos por la Urraca.
El
Periquito fue el siguiente en elegir:
- Yo quiero manchas blancas, azules y amarillas por
todo el cuerpo.
Todos
estuvieron de acuerdo en que esos colores le favorecían mucho.
El
Pavo Real se acercó contoneándose y con su voz chillona pidió:
-
Para mi hermosa cola quiero colores que se vean desde muy lejos: azules, verdes, amarillos, rojos y dorados.
Los
demás pájaros sonrieron ya que conocían lo presumido que era el Pavo Real.
El
Canario se acercó veloz:
-
Como me gusta mucho la luz, quiero parecerme a un rayo de sol. Píntame de amarillo.
El
Loro llegó chillando:
-
Para que el resto de los animales me puedan ver, quiero que me pongas los colores más llamativos de tu paleta.
Todos
pensaron que era muy atrevido al
elegir esos colores, pero el Loro se alejó muy contento. Y poco a poco, el
resto de los pájaros fueron pasando por las manos de la Madre Naturaleza.
Cuando
los colores de la paleta se habían acabado y los pájaros lucían orgullosos sus
nuevos vestidos, ella recogió sus utensilios de pintura y se dispuso a volver a
su hogar. Pero de repente una voz le hizo volver la cabeza. Por el camino venía
corriendo un pequeño Gorrión:
-
Espera, espera, por favor- gritaba-, todavía falto yo. Estaba muy lejos y he
tardado mucho tiempo en llegar volando. Yo también quiero cambiar
de color.
La
Madre Naturaleza le miró apenado:
- Ya
no quedan colores en mi paleta.
-
Bueno, no pasa nada - dijo el Gorrión tristemente mientras se alejaba cabizbajo
por el camino- , de todas formas el color marrón tampoco está tan mal.
-
Espera - gritó la Madre Naturaleza- , he encontrado una pequeña gota de color amarillo en
mi paleta.
El
Gorrión se acercó corriendo muy contento. La Madre Naturaleza mojó su pincel en
la gota y agachándose tiernamente le pintó una pequeñísima mancha en la
comisura del pico.
Por eso, si os fijáis detenidamente en los
gorriones, podréis descubrir el último color que la Madre
Naturaleza utilizó para colorear a todas las aves del mundo
La leyenda
del hada de los dientes.
Érase
una vez, en una tierra por encima de las nubes, vivía un hada con sus dos hermanas mayores y su madre, la
Princesa Hada. Pasaban casi todo el tiempo entrenando sus poderes, sin embargo,
la pequeña hada prefería bajar a la tierra y ver cómo jugaban los niños y las
niñas.
Una noche la Princesa
Hada fue a ver a la pequeña hada mientras dormía sobre la estrellas, preocupada
porque nunca quería entrenar:
- Si no practicas tu magia, mi pequeña, perderás tus
poderes. Ya sabes volar y hacerte invisible, pero no has aprendido nada
más.
- Lo sé madre, pero a mí
me gusta volar y bajar a la tierra. No
soy buena con los demás poderes, yo sólo quiero ver a los niños, en realidad lo
que me gustaría es ser una niña, como ellos.
Lejos de enfadarse, la
Princesa Hada la tomó entre sus brazos y la consoló: "Mi pequeña hija, tu
eres muy especial, tienes poderes que los niños jamás podrán tener."
La pequeña hada, sin
embargo, seguía triste porque ella no
quería ser especial quería reír, llorar, jugar, cantar y, sobre todo, tener
amigos. Y, confesó entre lágrimas, que en lugar de
practicar sus poderes, había estado visitando a los niños una y otra vez.
La Princesa Hada se
quedó pensando en una manera de consolar y alegrar a su hija y tras una larga
noche, encontró la solución. Al día siguiente reunió a sus hijas y les preguntó
para qué iban a usar sus grandes poderes.
El hada mayor dijo que
colocaría las estrellas en el firmamento y haría que todos los planetas fueran
girando y girando alrededor del sol. La hermana mediana dijo que ella
conseguiría que no hubiese personas solas en el mundo y haría que el amor
uniera a las almas gemelas.
Todas esperaron a que el
hada pequeña explicara qué haría ella, pero se quedó silenciosa sin saber qué
contestar. Finalmente, la Princesa hada dijo:
- Yo tengo la solución, sé cuál es la manera en la que puedes
emplear tus poderes, pero atenta, que es un trabajo muy especial. Volarás
constantemente sobre los niños y las niñas vigilantes y cuando vayan creciendo
y pierdan sus dientes, harás que ese momento
sea mágico. Te convertirás en el Hada de los
Dientes, te
quedarás sus pequeños dientecillos para convertirlos en estrellas en el
firmamento, guardando así para siempre su infancia. En su lugar, dejarás
regalos y así los niños podrán tener en ti, una amiga muy especial.
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