sábado, 27 de octubre de 2018

LEYENDAS


Las leyendas tienen características que las vuelven un texto narrativo posible para niños de  edades entre los cuatro y ocho años. Portan los modos de sentir y pensar de los pueblos y son transmitidas de generación en generación.
Muestran además una particular relación con los animales, las plantas y otros elementos de la naturaleza. Esta particular relación con lo natural se da a través de componentes fantásticos muy ligados a los intereses de los niños.
Las leyendas son una herramienta interesante para el trabajar con ellos en la medida que les permite involucrarse dentro de los valores y costumbres de una comunidad: Invitan a conocer, a reflexionar y a opinar. Interviene positivamente en el desarrollo intelectual y emocional  de los niños. Aunque a simple vista el lenguaje no sea tan cercano, su ritmo y musicalidad la hacen muy atractiva para los niños. 

La leyenda del colibrí
Desde hace tiempo, los más viejos de la tribu cuentan la trágica historia del amor de dos jóvenes.
La bella Flor, morena, esbelta y de grandes ojos negros, estaba enamorada de Ágil, un joven inquieto, apasionado; juntos solían pasear al atardecer por un bosquecillo cercano, a la orilla de un arroyo impetuoso y juguetón. Pero como los
enamorados pertenecían a dos tribus enemigas, se veían poco, pues debían
mantener su amor en secreto. Un día, sucedió lo que tanto temían: unos familiares de la joven descubrieron el romance y lo comentaron al jefe de la tribu. Desde esa tarde, Flor tuvo prohibido volver al lugar de los encuentros.
Pasaron los días. Una y otra vez, Ágil la buscó sin hallarla en la penumbra suave y tibia del bosque hasta que la Luna, apenada por su dolor, le contó lo que había sucedido y agregó:
–Ayer he visto otra vez a Flor, muy angustiada; lloraba amargamente pues está desesperada. Quieren que se case con un hombre de su tribu y ella se ha negado. El dios Tupá escuchó su lamento y se apiadó de su dolor; mi amigo el Viento me contó que Tupá la transformó en una flor.
–¿En una flor? Dime, ¿en qué clase de flor? ¿Cómo puedo encontrarla?
–¡Ay, amigo! No puedo decírtelo porque no lo sé… –respondió la Luna.
El muchacho palideció y solicitó la ayuda de su dios:
–¡Tupá, tengo que encontrarla! Sé que en los pétalos de Flor reconoceré el sabor de sus besos. ¡Ayúdame a dar con ella!
Ante el asombro de la Luna, el cuerpo de Ágil fue disminuyendo cada vez más. Se hizo pequeño, pequeño, hasta quedar convertido en un pájaro delicado y frágil de muchos colores, que salió volando rápidamente. Era un colibrí.
Desde entonces, el novio triste pasa sus días recorriendo las ramas floridas y besa apresuradamente los labios de las flores, buscando una, sólo una.
Desde hace tiempo, los más viejos de la tribu cuentan también que todavía no la ha encontrado…


"La Niña que hacía Llover..."
Dicen que en un lugar, de la que es hoy provincia de Santiago del Estero, vivía una tribu de indios cuyo cacique tenía una hija tan, pero tan preciosa que causaba la admiración de las otras tribus. Se llamaba Huiñaj, y la hermosa jovencita, según los indios, hacía venir la lluvia.
La niña pasaba horas y horas, días y días, encerrada en su casa, hilando y tejiendo sin parar; muy de tarde en tarde salía a pasear, sola por los campos. Entonces se ponía su mejor túnica amarilla, se adornaba con collares y flores también amarillos, y salía...
Cuando regresaba, el cielo se cubría de nubarrones oscuros y al día siguiente, o acaso esa misma noche, seguro, seguro, llovía.
Por eso las tribus de los alrededores la miraban con tanto respeto y esperaban ansiosos su aparición.
- Si la hermosa Hiñaj sale, lloverá – decían.
- Nuestras tierras están secas... ¡Si Huiñaj saliera a pasear por los montes! ...
Un día la niña enfermó de un mal desconocido. Ya no hilaba, ni tejía, ni salía a pasear. Apenas si podía sonreír.
Fueron consultados todos los hechiceros de la tribu pero ninguno podía encontrar un remedio que le hiciera recuperar la salud a la indiecita.
Todos estaban desolados.
- Sólo los dioses pueden realizar el milagro –decían.
- ¡Sólo los dioses!
Y rezaron e invocaron a los dioses. Pero nada. Todo seguía igual.
La sequía azotaba los campos; el viento ardiente secaba las plantas; los animales estaban sedientos.
- ¡Lluvia! ¡Lluvia! –pedían desesperados.
-¡Que nuestra Huiñaj se salve!
- ¡Ella es la bendición de esta tierra!
- ¡Ella traerá la lluvia!
Los dioses, entonces, se apiadaron y oyeron sus ruegos; la indiecita habría de quedar siempre con ellos. Fue así que los indios vieron aparecer un árbol, un árbol jamás visto antes, aparecía ante sus ojos. Hermoso y erguido. Todo cubierto de flores amarillas.
Y danzaron y cantaron alrededor del árbol que parecía sonreír.
De pronto el cielo empezó a cubrirse de negros nubarrones. Las mujeres, los hombres y los niños se pusieron de rodillas, con los brazos en alto, las caras al cielo.
Las gotas empezaron a caer, gruesas y pesadas. Más y más, hasta convertirse en una lluvia densa que les empapaba los cuerpos.
- ¡Lluvia! ¡Lluvia! – gritaban felices.
Y la lluvia calmaba la sed de la tierra reseca y devolvía la esperanza.
Y desde entonces, el Huiñaj, el árbol, anuncia la lluvia cubriéndose de vistosas flores amarillas.

El baile del oso hormiguero:
Qué calor hacía aquella tarde... El sol parecía puro fuego brillando implacable sobre la selva misionera. Ni un ruido se escuchaba porque todos, bichos grandes y bichos chicos, se acurrucaban a esa hora en un rinconcito fresco a la sombra o dormían la siesta a pata suelta. Bueno, todos todos, no. Aunque no era buena hora para andar caminando, un muchacho guaraní se había alejado de la tribu y buscaba frutos silvestres. Llevaba un bastón de caña con el que apartaba las lianas y las malezas, con el que golpeaba los troncos caídos y las ramas gruesas para espantar a los animales salvajes.
Nunca pensó que al cruzar un claro, al ladito nomás del río, se iba a encontrar frente a frente con un tamanduá, el oso comedor de hormigas. Grandote era el tamanduá. Venía con la cabeza gacha olisqueando y rascando el suelo con su hocico alargado y sus garras largas y afiladas.
Cuando lo vio aparecer ¡ay, qué susto! el chico gritó. El tamanduá también se asustó, claro. Y no gritó, pero se paró sobre sus patas traseras y gruñó un poquito. Más miedo daba así. Por eso el chico levantó su bastón de caña y lo revoleó para acá. Seguramente el tamanduá pensó que iba a darle un golpe.
Para esquivarlo, se movió para allá. Enseguidita el chico volvió a revolear su bastón de caña, esta vez para el otro lado hacia la derecha. Y el tamanduá ya convencido de que quería golpearlo, lo esquivó moviéndose hacia la izquierda. El muchacho entonces dio un paso al frente. Y el tamanduá retrocedió. Pero después avanzó y fue el muchacho el que se fue para atrás. Y para acá, para allá, a un lado y al otro, a la izquierda, a la derecha, adelante y hacia atrás, uno golpeaba con el bastón y el otro esquivaba los golpes. Estuvieron así un rato largo hasta que el tamanduá se cansó y después de gruñir dos veces, se perdió en la espesura.
El muchacho tuvo que esperar hasta que el corazón dejara de latirle fuerte en el pecho. Y después corrió hacia la tribu.
¡Al verlo llegar agitado y tembloroso, los demás quisieron saber qué le había pasado. Y el muchacho les contó:
—Yo daba un golpe hacia acá ¡patapum! y el tamanduá saltaba hacía, allá ¡patapam!... —y mientras contaba el muchacho trataba de imitar los movimientos del oso hormiguero y los suyos desplazándose hacia la derecha y hacia la izquierda, adelante y atrás, a un lado y a otro..
Los que escuchaban querían parecer serios. Pero era tan gracioso ver al chico salta que te salta que no podían aguantar la risa.
— ¿Cómo hacía el tamanduá? —le preguntó uno.
—Así —le explicó el muchacho.
Y el otro trató de repetir los pasos moviéndose ¡patapum! Hacia la derecha y ¡patapam!... hacia la izquierda, ¡patapum! adelante y ¡patapam!... atrás, ¡patapum! A un lado y ¡patapam!... a otro.
Al principio se oyeron carcajadas, sin embargo, al rato, toda la tribu ensayaba esa loca coreografía al ritmo del ¡patapum! ¡patapam! Tanto se divirtieron ese día que volvieron a hacerla al anochecer y en cada fiesta de casamiento y los días que celebraban algo y de a poco le fueron agregando más pasos: un giro, una media vuelta, un balanceo... Y a alguno se le ocurrió acompañar la danza con una calabaza llena de semillas o golpeando un tronco hueco o soplando en una caña...
Así dicen los guaraníes que nació el baile y la música, gracias al tamanduá, que quiso esquivar los golpes moviéndose ¡patapum!... para acá y ¡patapam!... para allá.
El hilo rojo, leyenda oriental sobre el destino
Hace mucho, pero mucho tiempo,un emperador se enteró de que en una de las provincias de su reino vivía una bruja muy poderosa, quien tenía la capacidad de poder ver el hilo rojo del destino y la mandó traer ante su presencia.
Cuando la bruja llegó, el emperador le ordenó que buscara el otro extremo del hilo que llevaba atado al meñique y lo llevara ante la que sería su esposa. La bruja accedió a esta petición y comenzó a seguir y seguir el hilo.
La búsqueda los llevó hasta un mercado, en donde una pobre campesina con un bebé en los brazos ofrecía sus productos. Al llegar hasta donde estaba esta campesina, se detuvo frente a ella y la invitó a ponerse de pie.
Hizo que el joven emperador se acercara y le dijo: 'Aquí termina tu hilo', pero al escuchar esto el emperador enfureció, creyendo que era una burla de la bruja, empujó a la campesina que aún llevaba a su pequeña bebé en brazos y la hizo caer, haciendo que la bebé se hiciera una gran herida en la frente, ordenó a sus guardias que detuvieran a la bruja y la encerraran.
Muchos años después, llegó el momento en que este emperador debía casarse y su corte le recomendó que lo mejor era que desposara a la hija de un general muy poderoso. Aceptó y llegó el día de la boda.
Y en el momento de ver por primera vez la cara de su esposa, la cual entró al templo con un hermoso vestido y un velo que la cubría totalmente… Al levantárselo, vio que ese hermoso rostro tenía una cicatriz  muy peculiar en la frente.
La mujer con la que iba a casarse... era el bebé que sujetaba la campesina. La bruja no le engañó. El destino les unió definitivamente.

La mariposa azul, leyenda japonesa sobre el destino

Cuenta una leyenda japonesa, que hace muchos años, un hombre enviudó y quedó a cargo de sus dos hijas. Las dos niñas eran muy curiosas, inteligentes  y siempre tenían ansias de aprender. Por eso preguntaban mucho a su padre. A veces, su padre podía responderles sabiamente, pero otras veces no sabía qué contestar.
Viendo la inquietud de las dos niñas, decidió enviarlas de vacaciones a convivir y aprender con un sabio, el cual vivía en lo alto de una colina. El sabio era capaz de responder a todas las preguntas que las pequeñas le planteaban, sin ni siquiera dudar.
Sin embargo, las dos hermanas decidieron hacerle una pregunta trampa al sabio, para medir su sabiduría. Buscaron una pregunta que éste no fuera capaz de responder.
- ¿Cómo podremos engañar al sabio? ¿Qué pregunta podríamos hacerle que no sea capaz de responder?- preguntó la hermana pequeña a la más mayor.
- Espera aquí, enseguida te lo mostraré- indicó la mayor.
La hermana mayor salió al monte y regresó al cabo de una hora. Tenía su delantal cerrado a modo de saco, escondiendo algo.
- ¿Qué tienes ahí?- preguntó la hermana pequeña.
La hermana mayor metió su mano en el delantal y le mostró a la niña una hermosa mariposa azul.
- ¡Qué bonita! ¿Qué vas a hacer con ella?
- Ya sé qué preguntaremos. Iremos en su busca y esconderé esta mariposa en mi mano. Entonces le preguntaré al sabio si la mariposa que está en mi mano está viva o muerta. Si él responde que está viva, apretaré mi mano y la mataré. Si responde que está muerta, la dejaré libre. Por lo tanto, conteste lo que conteste, su respuesta será siempre errónea.
Aceptando la propuesta de la hermana mayor, amabas niñas fueron a buscar al sabio.
- Sabio- dijo la mayor- ¿Podría indicarnos si la mariposa que llevo en mi mano está viva o está muerta?
A lo que el sabio, con una sonrisa pícara, le contestó: 'Depende de ti, ella está en tus manos'.

El color de los pájaros, leyenda para niños sobre el plumaje de las aves

Al principio de los tiempos todos los pájaros eran de color marrón, sólo se diferenciaban en el nombre y la forma. Pero sintieron envidia de los colores de las flores y decidieron que llamarían a la Madre Naturaleza para que les cambiara de color. Ella estuvo de acuerdo, pero les puso una condición: tendrían que pensar muy bien el color que cada uno quería porque solamente podrían cambiar una vez.
La encargada de comunicar la noticia por todo el planeta fue el Águila:
- Aviso a todos los pájaros: reunión con la Madre Naturaleza para cambiar de color la próxima semana en el claro del bosque.
Los pájaros pasaron una semana muy nerviosos, pensando cuál sería el color que iban a elegir. Llegado el gran día, todos se reunieron muy alborotados alrededor de la Madre Naturaleza.
La primera que se decidió fue la Urraca:
Quiero ser negra con algunas plumas de tono azul cuando las dé el sol, blanco el pecho y blanca la punta de las alas.
La Madre tomó su paleta y la coloreó, mientras el resto de los pájaros comentaban lo elegantes que eran los colores elegidos por la Urraca.
El Periquito fue el siguiente en elegir:
Yo quiero manchas blancas, azules y amarillas por todo el cuerpo.
Todos estuvieron de acuerdo en que esos colores le favorecían mucho.
El Pavo Real se acercó contoneándose y con su voz chillona pidió:
- Para mi hermosa cola quiero colores que se vean desde muy lejos: azules, verdes, amarillos, rojos y dorados. 
Los demás pájaros sonrieron ya que conocían lo presumido que era el Pavo Real.
El Canario se acercó veloz:
- Como me gusta mucho la luz, quiero parecerme a un rayo de sol. Píntame de amarillo.
El Loro llegó chillando:
- Para que el resto de los animales me puedan ver, quiero que me pongas los colores más llamativos de tu paleta.
Todos pensaron que era muy atrevido  al elegir esos colores, pero el Loro se alejó muy contento. Y poco a poco, el resto de los pájaros fueron pasando por las manos de la Madre Naturaleza.
Cuando los colores de la paleta se habían acabado y los pájaros lucían orgullosos sus nuevos vestidos, ella recogió sus utensilios de pintura y se dispuso a volver a su hogar. Pero de repente una voz le hizo volver la cabeza. Por el camino venía corriendo un pequeño Gorrión:
- Espera, espera, por favor- gritaba-, todavía falto yo. Estaba muy lejos y he tardado mucho tiempo en llegar volando. Yo también quiero cambiar de color.
La Madre Naturaleza le miró apenado:
- Ya no quedan colores en mi paleta.
- Bueno, no pasa nada - dijo el Gorrión tristemente mientras se alejaba cabizbajo por el camino- , de todas formas el color marrón tampoco está tan mal.
- Espera - gritó la Madre Naturaleza- , he encontrado una pequeña gota de color amarillo en mi paleta.
El Gorrión se acercó corriendo muy contento. La Madre Naturaleza mojó su pincel en la gota y agachándose tiernamente le pintó una pequeñísima mancha en la comisura del pico.
Por eso, si os fijáis detenidamente en los gorriones, podréis descubrir el último color que la Madre Naturaleza utilizó para colorear a todas las aves del mundo


La leyenda del hada de los dientes.

Érase una vez, en una tierra por encima de las nubes, vivía un hada con sus dos hermanas mayores y su madre, la Princesa Hada. Pasaban casi todo el tiempo entrenando sus poderes, sin embargo, la pequeña hada prefería bajar a la tierra y ver cómo jugaban los niños y las niñas.
Una noche la Princesa Hada fue a ver a la pequeña hada mientras dormía sobre la estrellas, preocupada porque nunca quería entrenar:
- Si no practicas tu magia, mi pequeña, perderás tus poderes. Ya sabes volar y hacerte invisible, pero no has aprendido nada más.
- Lo sé madre, pero a mí me gusta volar  y bajar a la tierra. No soy buena con los demás poderes, yo sólo quiero ver a los niños, en realidad lo que me gustaría es ser una niña, como ellos.
Lejos de enfadarse, la Princesa Hada la tomó entre sus brazos y la consoló: "Mi pequeña hija, tu eres muy especial, tienes poderes que los niños jamás podrán tener."
La pequeña hada, sin embargo, seguía triste  porque ella no quería ser especial quería reír, llorar, jugar, cantar y, sobre todo, tener amigos. Y, confesó entre lágrimas, que en lugar de practicar sus poderes, había estado visitando a los niños una y otra vez
La Princesa Hada se quedó pensando en una manera de consolar y alegrar a su hija y tras una larga noche, encontró la solución. Al día siguiente reunió a sus hijas y les preguntó para qué iban a usar sus grandes poderes.
El hada mayor dijo que colocaría las estrellas en el firmamento y haría que todos los planetas fueran girando y girando alrededor del sol. La hermana mediana dijo que ella conseguiría que no hubiese personas solas en el mundo y haría que el amor uniera a las almas gemelas.
Todas esperaron a que el hada pequeña explicara qué haría ella, pero se quedó silenciosa sin saber qué contestar. Finalmente, la Princesa hada dijo:
- Yo tengo la solución, sé cuál es la manera en la que puedes emplear tus poderes, pero atenta, que es un trabajo muy especial. Volarás constantemente sobre los niños y las niñas vigilantes y cuando vayan creciendo y pierdan sus dientes, harás que ese momento sea mágico. Te convertirás en el Hada de los Dientes, te quedarás sus pequeños dientecillos para convertirlos en estrellas en el firmamento, guardando así para siempre su infancia. En su lugar, dejarás regalos y así los niños podrán tener en ti, una amiga muy especial.

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